27 de septiembre de 2021

José Manuel Pazos

La promesa del presidente de EE.UU. de llevar el crecimiento a una tasa anual del 4% es más exigente ahora que sabemos que la economía creció un 1.6% el pasado año, un punto menos que en 2015 (2.6%), y el menor de los cinco últimos años.
Puede ser el desconcierto y no la calma la causa de la aparente estabilidad con la que se recibe la avalancha de acontecimientos cuyas consecuencias resultan imposibles a corto plazo de evaluar.
Puede ser el desconcierto y no la calma la causa de la aparente estabilidad con la que se recibe la avalancha de acontecimientos cuyas consecuencias resultan imposibles a corto plazo de evaluar.
En estos tiempos, en los que comprar títulos de renta fija a muy largo plazo que devuelven menos de lo invertido, se ha convertido en uno de los mejores negocios financieros, es importante no perder el anclaje que da el sentido común, aunque tarde lustros en pasar factura. Ocurrió con la inversión inmobiliaria donde se hizo mucho dinero sin pensar en quién pagaría la cuenta; hasta que lo supimos.
La UE tiene retos a raudales, pero el que abriría el abandono británico sería la gestión de la ejemplaridad que evitase que se abriesen frentes semejantes.
Los economistas no solemos dedicar demasiado tiempo a lo contrafactual. Bastante tenemos con los hechos –argumentamos- como para analizar las consecuencias de los no hechos.
La expectativa de subida de tipos en EE.UU. vuelve a dibujarse próxima en el horizonte. Los mercados no se entusiasman pero es un síntoma de normalización y eso es una buena señal a pesar de todo.
El Banco de España ya tiene en sus arcas 140.000 millones de deuda pública comprada a bancos por ejecución del mandato lanzado por el BCE. Las compras van a continuar, ahora con deuda empresarial.
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